Balfour, Trump y lo obvio - Por Gabriel Sivinian, Prof. de la Cátedra "Edward Said"

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Balfour, Trump y lo obvio - Por Gabriel Sivinian, Prof. de la Cátedra "Edward Said"

Martes, 19 Diciembre 2017 21:31     |    

Días después de cumplirse el centenario del manifiesto colonial británico denominado Declaración Balfour, otra medida imperial atropella los derechos nacionales del pueblo palestino.

La Decisión de Trump  de reconocer a Jerusalén como capital del Estado de Israel, conforma un expreso aval al régimen supremacista edificado por el sionismo y apunta a la destrucción de la causa palestina y de su pueblo.

Un siglo atrás, el Imperio británico expresaba su beneplácito y comprometía esfuerzos para conformar un Hogar Nacional Judío en Palestina, por medio del pronunciamiento que su Ministro de Relaciones Exteriores dirigió al banquero anglo judío Lionel Walter Rothschild.

El documento refrendaba e impulsaba los esfuerzos de la Organización Sionista, que durante dos decenios había logrado modificar la demografía y el territorio palestino, bajo dominio otomano. Por esos tiempos, las personas de confesión judía pasaron de ser apenas un dos por ciento (comienzos de la década de 1890), a conformar un diez por ciento de la población (albores de la década de 1920). En lo referente a la cuestión territorial, además de las colonias estratégicamente establecidas, la fundación y el desarrollo de Tel Aviv, “paradigma de la modernidad”, simbolizó la apropiación del espacio desde criterios orientalistas.

En nuestros días, el presidente de los Estados Unidos resuelve trasladar la embajada de su país a Jerusalén, “asumiendo públicamente la realidad y haciendo lo correcto”, según sus expresiones. Como en el caso de Balfour, la Decisión de Trump se produce luego de modificaciones demográficas y espaciales consumadas y persigue idéntico objetivo: potenciar los planes sionistas.

En cuanto a lo poblacional, las personas de confesión judía constituyen hoy dos tercios de los habitantes de Jerusalén; muy lejos de la minoría que representaban a comienzos del siglo XX y  aún del cuarenta por ciento que componían antes de la limpieza étnica de 1948 y  la ocupación completa de la ciudad, en 1967. En relación al tema territorial, la ampliación del ejido municipal hacia el este, anexando territorios cisjordanos donde el Estado israelí implanta colonias ilegales hace cincuenta años, conforma un proceso de cercamiento y absorción del sector oriental de la ciudad, donde reside la segregada población palestina.

La sinergia entre las potencias occidentales y el proyecto sionista resulta evidente en estos pronunciamientos y en cada una de las etapas de conquista de Palestina. Inscribir este plan en el marco de las disputas entre imperios en expansión sobre el área de encuentro euro-afro-asiática, constituye un recurso hermenéutico insoslayable para comprender el conflicto israelí-palestino.

El proceso de desmembramiento del Imperio Otomano, los intereses de las distintas potencias (Gran Bretaña, Francia, Rusia, los Imperios Centrales y Estados Unidos) y de los actores regionales, formales e insurgentes, derivó en el reparto colonial y la posterior constitución de los Estados nacionales, durante el período de las Guerras Mundiales. Completó el escenario, la intrusión de los europeos judíos, estigmatizados y hasta asesinados en sus comunidades; trasladados a Palestina, como intento de resolver un problema europeo: la denominada Cuestión Judía. En ese contexto debe interpretarse la Declaración Balfour.

En el presente, también se identifican procesos de desmembramiento institucional, paradojalmente de estructuras estatales-nacionales construidas durante el ciclo histórico iniciado hace un siglo (los casos de Irak, Libia, y los avances sobre Siria y El Líbano); intereses de potencias extranjeras que se perpetúan y de actores regionales formales e insurgentes. El traslado de población foránea de confesión judía y no judía a Palestina continúa, aunque proviene desde diversos puntos del planeta y sin coacción física hacia los migrantes. En este contexto debe interpretarse la Decisión de Trump.

Cierto es que los factores internacionales y regionales tienen su relevancia, como también los intereses políticos que motivan las decisiones gubernamentales en países centrales, de cara a su sociedad. Este conjunto de influyentes variables están presentes, tanto hoy como hace un siglo.

Sin embargo, estos elementos no deben impedir la identificación del proyecto político que generó el conflicto y su principal objetivo: el plan de expulsión de los palestinos para despejar la tierra y establecer un Estado Judío etnocrático.

A pesar de las extensas pruebas disponibles y de los resultados de esas políticas, resulta necesario afirmar lo evidente: el pueblo palestino está siendo sometido a un proceso de disgregación nacional, tendiente a su desplazamiento y desaparición material y simbólica. Las consecuencias son la expropiación continua de su territorio y la fragmentación y disgregación de sus integrantes, entre Cisjordania, Gaza, el Estado de Israel y la Diáspora de países vecinos y más distantes.

Sólo la resistencia del pueblo de Palestina a la discriminación, el hostigamiento, el aislamiento, los asesinatos selectivos, las masacres y el memoricidio impide la concreción definitiva del proyecto sionista.

Asimismo, consecuente en una lucha que incluye desde pequeños actos de la cotidianeidad popular hasta presentaciones en ámbitos institucionales supranacionales, el pueblo palestino detiene el expansionismo sionista en la región.

Las coyunturas se modifican, como los diferentes actores y sus motivaciones. De Balfour a Trump han pasado cientos de dirigentes, de distintas naciones, poderes y estamentos.  Analizar sus acciones históricas y presentes resulta pertinente y necesario. Pero adentrarse en esa tarea y sus singularidades no debe impedir la comprensión de un proyecto que conoce de objetivos y no de nombres propios ni de plazos.

Cualquier análisis certero de lo que ocurra en Palestina debe fundarse en la afirmación de lo obvio.

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