Jueves, 03 Abril 2014 22:44

Y CONTINÚA LA FARSA DEL DIÁLOGO PALESTINO ISRAELÍ

Y CONTINÚA LA FARSA DEL DIÁLOGO PALESTINO ISRAELÍ

 

Profesor Saad Chedid

 

“Preveo que difícilmente se me perdonará el partido que me he atrevido a adoptar. Al combatir todo lo que hoy despierta la admiración de los hombres, tan sólo puedo esperar un reproche universal; y no por haber sido honrado con la aprobación de algunos sabios, debo descontar la del público: además, mi partido está tomado; no me preocupa complacer a los espíritus cultivados ni a las personas a la moda. En todo tiempo habrá hombres hechos para ser subyugados por las opiniones de su siglo, de su país, de su sociedad.”

         Jean-Jacques Rousseau [1]

 

“Para el profesor Edward W. Said el intelectual tiene una misión moral, decir la verdad por más incómoda que sea, criticar los sistemas de dominación estructural y trabajar por un futuro moral para la humanidad. Cualquiera sea la difamación y abuso que provoque una persona que hable a favor de los derechos del pueblo palestino, la verdad es digna de ser dicha por un ‘intelectual sin miedos y compasivo’.”

Michael Prior

 

“Nosotros hemos caido en la equivocada ecuación que dice que judaísmo es igual a sionismo e igual a Israel. Para muchos estadounidenses judíos el Estado (de Israel) ha devenido en la sinagoga y el primer ministro en su rabino. Sus opiniones en temas domésticos e internacionales están a menudo determinados por lo estándar: ¿es ello bueno o malo para Israel? Nosotros nos hacemos un daño irreparable… cuando permitimos que nuestra identidad judía consista casi por entero en una vicaria participación en la vida del Estado (de Israel) …”

Rabino Alexander Schindler [2]

 

“Debiendo soportar que las leyes israelíes me imponen la pertenencia a una etnia ficticia, y también tener que soportar el aparecer frente al resto del mundo como miembro de un club de elegidos, yo deseo renunciar y cesar de considerarme como judío.”

Shlomo Sand [3]

 

Los descubrimientos arqueológicos de los propios judíos, Zeev Herzog, Israel Finkelstein y Neil Silberman, entre muchos otros, han demostrado lo ficticias y ficcionales que son las narrativas de la Torah, y también de muchos textos del Tanaj, que fueron sintetizados en el libro de Israel Finkelstein y Neil A. Silberman La Biblia desenterrada. Una visión arquelógica del antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados.[4]

 

Y ante semejante título debo agregar ¿textos sagrados? ¿Para quién y por qué? ¿Quién resuelve la sacralidad de un texto?

 

Veamos de dónde surgen esos supuestos “textos sagrados” y así sabremos quién o quiénes los escribieron y por qué son “sagrados”.

 

Para tales comprobaciones debo recurrir a los propios estudiosos judíos. Uno de los más famosos es Richard Elliott Friedman, especialista en estudios judaicos y literatura comparada, y en su libro ¿Quién escribió la Biblia?, dice:

 

“Hace ya casi dos mil años que la gente lee la Biblia. Sus lectores la han aceptado literal, figurativa o simbólicamente. La han considerado como dictada, revelada o inspirada por Dios, o bien como una creación humana. Se han comprado más ejemplares de la Biblia que de cualquier otro libro. Se la ha citado (a veces erróneamente) con mucha mayor frecuencia que otros libros. Se la ha traducido (también, a veces, erróneamente) mucho más que a otros libros. La Biblia se encuentra en el núcleo del judaísmo y el cristianismo. Se ha dicho de ella que es una gran obra de la literatura y la primera obra de historia. La predican los ministros, sacerdotes y rabinos. Los eruditos se pasan la vida estudiándola y enseñándola en universidades y seminarios. La gente la lee, la estudia, la admira, la desdeña, escribe o polemiza sobre ella y la quiere. La gente ha vivido y muerto por ella.

Y, sin embargo, no sabemos quién la escribió”.[5]

 

A pesar del título, el doctor Friedman se refiere sólo al texto hebraico de la Torah. No existe referencia alguna a los Evangelios, textos que relatan la historia de Jesús de Nazaret. El título del libro del doctor Friedman es incorrecto, debió denominarse ¿Quién escribió la Torah?

 

Y la pregunta que surge es: ¿por qué le puso ese título equivocado o falso…?

 

En el caso específico de los textos del Tanaj, como veremos, los traductores cometieron errores muy graves, y ello desde el inicio mismo. Y no sólo los cometieron los traductores griegos de la LXX, quienes --como lo señala Mitchell Dahood,[6] citando un texto de W. F. Albright, aparecido en una compilación realizada por M. Black y H.H. Rowley, Peake’s Commentary on the Bible, London, 1962, p. 62 y ss.--, eran tan  ignorantes del verdadero sentido de las palabras como lo habían sido los masoretas, aquellos doctos judíos, que vivían tanto en Palestina como en Babilonia, cuando vocalizaron los textos del Tanaj, en los siglos 6°-10° de nuestra era común.

El doctor Mitchell Dahood, sacerdote católico, fue iniciador y maestro de los idiomas ugarítico y eblaita, y su estudio de las tablillas de esas ciudades cananeas le permitió descubrir y leer en forma directa muchos de los textos que, plagiados diríamos hoy, se repiten tanto en los del Tanaj como en los de la Torah:

 

“Ya que el dialecto ugarítico del cananeo difiere menos de su contemporáneo cananeo del sur, y del más arcaico hebreo bíblico, que el bajo alemán del alto alemán, o el provenzal del francés, no debiera sorprendernos que los estudios bíblicos estén siendo revolucionados por aquel.

En vista de nuestra ignorancia del vocabulario del hebreo poético, que ha llevado en las recientes décadas a enmendar innumerables errores, el repentino aflujo de 1.500 palabras, prácticamente todas bien certificadas en forma, incluso cuando el significado no es conocido, tiene asegurado una gran significación. Debe recordarse que el vocabulario hebreo conocido no representa más de un quinto del total de palabras del semítico del noroeste, entre los años 1400 y 400 a. de C. …En registros de pasajes cuya fecha helenística fuera tomada como segura, se han aclarado dificultades por la identificación de palabras oscuras con sus homónimos ugaríticos.

En virtualmente todos los casos en que los traductores de la LXX fueron justamente tan ignorantes del verdadero sentido tanto como los masoretas que vocalizaron la Biblia en los siglos VIII y IX d.de C.”

 

Y agrega Mitchell Dahood, una acotación que debemos tomar en consideración ya que hace a nuestra crítica a aquellos que toman como sinónimos los nombres de Jhvh y Dios:

 

“Metodológicamente, esto significa enmendar pocas consonantes de los textos pero un gran número de revocalizaciones, ya que los masoretas en general no comprendieron el sentido de las palabras, y el testimonio de las versiones debe ser usado con gran precaución.”

 

Si los masoretas por ignorancia, al vocalizar los textos del Tanaj incluyeron  vocales erróneas, las cuales, seguramente, modificaron el sentido y el significado de las palabras, y si, además, los traductores griegos de la LXX siendo tan ignorantes como aquellos, cambiaron las palabras y utilizaron otras palabras como sinónimos, cuyas significaciones seguramente nada tenían que  ver con lo que decía el texto original, entonces ¿qué certeza tenemos de estar leyendo y comprendiendo lo que originalmente se dijo o se escribió en esos textos?

 

Esos textos, conocidos como el Tanaj, escrituras judías, de los que gran parte conforman el llamado Antiguo Testamento, que los primeros cristianos, seguramente conversos del judaísmo, lograron incorporar al mensaje del galileo Jesús, y haciendo prevalecer una continuidad con el pensamiento judío, que otras escuelas cristianas negaban absolutamente.

 

Tal el caso de Marción quien fue el primero en elaborar un evangelio, al que siguieron luego los muy famosos y conocidos como Evangelios Gnósticos, y en ellos la figura de Jhwh aparece como el demiurgo que introduce el mal en el mundo. Mal, que, según los gnósticos consideraban, Jesús había sido enviado para erradicarlo.[7]

Esos Evangelios Gnósticos se descubren recién en 1945, cerca de una aldea egipcia, conocida como Naj Hammadi, y producen una revolución en el pensamiento cristiano, que aún hoy mantiene su vigencia, lo que obliga a tomar distancia cuidadosa de la tradición impuesta por quienes pretenden consolidar una sola línea de pensamiento utilizando la personalidad de Jesús en provecho de un comportamiento de siglos que dista mucho de haber seguido el mensaje del galileo Jesús. 

 

Todo lo contrario, las sucesivas guerras de conquista, y el uso espurio de la “Biblia” judeo-cristiana, que el occidente judeo-cristiano ha llevado a cabo durante siglos, nos obliga a mantener un cuidadoso alerta frente a ese intento de imponernos, bajo un supuesto monoteísmo, una concepción que ha demostrado fehacientemente actuar exactamente contrariando el mensaje galileo, de amor y perdón, que Jesús de Nazaret pregonara.

 

Estamos ante una compleja trama de problemas, y si a ello agregamos el uso de palabras incorrectas y falsificadoras, esto es, las que no corresponden, porque no son ni sinónimos de, ni intercambiables por, otras, nosotros mismos, si las repetimos y reiteramos sin evaluación previa, agregamos mayor confusión, y colaboramos de esa manera con quienes han sido hábiles maestros en la invención de un pensamiento engañador.

 

Por ello, debemos estar atentos y evitar ser cómplices de un  Occidente imperial y colonialista, que sigue pretendiedo, y en gran medida logra imponer su discurso mistificador, judeo cristiano, para consolidar el sometimiento cultural de los pueblos conquistados.

 

Porque no es lo mismo decir que Dios, sólo traducción de Zeus (o un genérico y universal ‘dios’ con minúscula) le prometió una porción de la tierra de Canaán a Abraham,[8] Jacob, (al inexistente e inventado) Moisés y su pueblo, que decir que Jhvh (la deidad que los israelitas-judíos asumieron como propia) fue el que, según escribieron sus escribas, les hizo tal promesa. 

Porque Zeus=Deus=Dios no es Jhvh. Porque cada uno de ellos es concebido, comprendido, definido, representado y descrito por sus seguidores y adeptos, en formas muy distintas, y sus “personalidades” difieren sustancialmente.[9]

 

Y, porque, además ninguno de los dos es el único verdadero, sino en la mente y en la imaginación de quienes lo consideran así: sus adeptos, sus seguidores, de ahí lo que Alain Daniélou, en su libro sobre el shivaísmo, describe como el “error monoteísta”. [10]

 

Y a estas aclaraciones debo agregar también las que aparecen en el libro de un autor contemporáneo, Jacob Neusner, Jews and Christians, The Myth of a Common Tradition, a quien Benedicto XVI,  le dedica admirativamente una parte sustancial de su libro Jesús de Nazaret,[11]comentando su obra Un rabino habla con Jesús.[12]

 

Jacob Neusner, en el Prefacio de su libro Jews and Christian. The Myth of a Common Tradition, retoma el pensamiento de Marcion, desde otra perspectiva, y señala con incuestionable sinceridad y franqueza, de la misma manera que lo hace en su otro libro donde narra sus diálogos imaginarios con Jesús:

 

“Aunque en estos días cristianos y judíos intentan un diálogo religioso, no hay ahora ni ha habido nunca un diálogo entre las religiones, judaísmo y cristianismo.

La concepción de una tradición judeo-cristiana que el judaísmo  y el cristianismo comparten es simplemente un mito en el viejo mal sentido: una mentira.” [13]

 

Demás está decir que comparto estas aseveraciones de Jacob Neusner porque, de la lectura de los Evangelios, aún los escasos cuatro incorporados al canon del cristianismo, seleccionados de los miles que circulaban en su época, el lenguaje de Jesús acusando a los dirigentes judíos de muchas maneras, no dejan dudas en cuanto a su identidad galilea y su radical distanciamiento con el pensamiento al que se lo quiere adscribir.

 

En su libro Jesús el judío, el famoso autor Geza Vermes, señala el rechazo a esa región por parte de los rabinos, quienes consideraban a los galileos como “una chusma maldita y sin ley”. Y relata la experiencia de un rabino, Yohanan ben Zakkai, quien intentó imponer en Galilea “normas legales relacionadas con la observancia del sábado”:

 

“Sin embargo, según una tradición del siglo III d.C., al  comprender que pese a dieciocho años de esfuerzos no había logrado dejar huella, exclamó:

¡Galilea, Galilea, tu odias la Torah![14]

 

Las investigaciones y estudios de Shlomo Sand, en sus dos famosos libros La invención del pueblo judío y su continuidad en La invención de la tierra de Israel, así como su prometido libro sobre la invención del judío laico, han demostrado fehacientemente, y no dejan lugar a duda alguna, la ficcionalidad de esas narraciones de siglos de autores judíos.

 

Hay un texto muy esclarecedor de Shlomo Sand que nos permite comprender las causas o razones por las que los autores judíos que nos son conocidos, mantienen una línea de pensamiento inalterable a los efectos de no contradecir los escritos de una tradición inventada, porque esta debe permanecer inalterada e inalterable:

 

“Cuando se producían hallazgos ocasionales que amenazaban el retrato de una historia judía ininterrumpida y lineal, raramente eran mencionados, y cuando salían a la superficie, desaparecían rápidamente enterrados en el olvido. Las exigencias nacionales crearon una mordaza de hierro que impedía cualquier desviación de las narrativas dominantes. Los particulares marcos dentro de los que se elaboran las informaciones sobre el pasado judío, sionista e israelí –en concreto los exclusivos Departamentos de Historia Judía, completamente separados de los departamentos de Historia General y de Oriente Medio— también han contribuido en gran medida a esta asombrosa parálisis y a la tenaz negativa a abrirse a una nueva historiografía que hubiera investigado con seriedad el origen y la identidad de los judíos. De cuando en cuando la pregunta “¿quién es judío?” ha agitado al público israelí, principalmente por los aspectos legales que conlleva. Pero no ha perturbado a sus historiadores. Ellos siempre han sabido la respuesta: un judío es un descendiente de la nación que fue enviada al exilio hace dos mil años.” [15]

 

Y hay algo más correcto aún en las reflexiones de Shlomo Sand, reflexiones que comparto absolutamente, cuando señala con respecto al “inventado pueblo judío”:

 

“Si debemos ser consistentes y lógicos en nuestra comprensión del término ‘pueblo’ como es usado en casos tales como el “pueblo francés”, el “pueblo estadounidense”, el “pueblo vietnamita”, o incluso el “pueblo israelí”, entonces referirse a un “pueblo judío” es tan extraño como referirse a un “pueblo budista”, a un “pueblo evangélico” o a un “pueblo bahais”. Una comunidad de destino entre los adeptos de una misma creencia, así como una cierta solidaridad entre ellos, no es equivalente, por lo mismo, a pertenecer a un mismo pueblo, ni a una misma nación.”

“… estamos por lo tanto obligados a un deber de claridad y de precisión en el manejo de nuestros instrumentos conceptuales.”[16]

 

A los que debo agregar los cuentos infantiles, para niños de pregrado, relacionados con la absurda pretensión de la “tierra prometida” y el “pueblo elegido”, supuestamente otorgados por un Jhwh convertido en gerente de una inmobiliaria judía, situada antiguamente en Canaán.

 

Y lo que debemos destacar es que los ideólogos judíos, siempre dejan el nombre de la deidad que prometiera y eligiera, Jhwh, a la posibilidad de alteración, cambiándole el nombre, y adaptándolo, según convenga, en cada continente, en cada cultura, a la nominación que cada pueblo le da a su propio “dios” (deidad).

 

Así como se eliminan textos que contradicen, también se cambia el nombre de Jhwh, por el de la deidad de cada cultura, en algunos casos se lo transmutará en “Dios”, en otros “God”, en la cultura occidental, refiriéndose así a, por un lado a Zeus, cuya traducción en lenguas latinas devino Dios, con sus variantes en castellano, portugués o francés, y God, según la deidad teutónica del norte de Europa, Got, para hacer aceptable en ambas regiones, aprovechando de la ingenuidad de los pueblos, que se rinden ante las palabras que los poderes eclesiásticos les imponen.

 

Y ello se fundamenta en una previa aceptación filosófica al determinar que ello es debido al monoteísmo, concepto dañino y nefasto, si los hay, porque algunos rabinos y/o “teólogos”, los que supuestamente saben quién y cómo es la deidad, a la que llaman Jhwh, Dios o God,  resolvieron que hay un solo “dios”, y que este se llama, “Jhwh”.

 

Y que, como es el único, todos los demás nombres son variantes de ese único Jhwh, y para ello se inventa el monoteísmo. Los más de 3 mil nombres de deidades (“dioses” y “diosas”) que nos indican diccionarios y enciclopedias, de las historias de pueblos que las adoraron y las distinguieron respetuosamente, quedan reducidos a la nada, ya que no son sino nombres que esos millones de seres humanos les dieron a ese único que es “dios”, que es Jhwh.  

 

Sin tomar en consideración que en todos esos pueblos que son mayoría abrumadora (99,8% de la población del mundo), nunca ni siquiera escucharon el nombre de Jhwh, y tampoco supieron de la existencia de los israelitas, devenidos con el tiempo en judios, por su religión.

 

Esos rabinos y/o teólogos, acompañantes de los generales de las conquistas guerreras europeas, desconocen o ignoran o borran, intencional y perversamente, las historias y las culturas de cientos de pueblos que habitaron y habitan el planeta Tierra, reduciendo el comienzo de la historia de la humanidad a una ínfima porción de sus habitantes, sólo a aquellos que vivieron en un ínfimo e insignificante reino de Israel, en la región de Canaán,  y que fuera descripto con sabiduría por los autores de un libro muy conocido pero poco leído, y que desde el centro imperial contemporáneo desmitifica el discurso engañador:

 

“El moderno fundamentalismo estadounidense se apoya en premisas que, a menudo, sorprenden por su anacronismo y su ingenuidad. Se considera que la Biblia es inmutable tal como está la palabra indisputable e inalterable de Dios, como si nunca hubieran celebrado concilios como el de Nicea, y como si no existieran evangelios alternativos. Jamás se ha añadido ni puede añadirse nada en la Biblia: tampoco nada se ha extraído ni puede extraerse jamás de ella. En su forma actual, la Biblia contiene todo el conocimiento necesario para la salvación individual. En este aspecto, como es obvio, el fundamentalismo tiene mucho en común con otras sectas cristianas, sobre todo las de carácter evangélico. Pero hay ciertas premisas que son específicamente fundamentalistas.

 

La primera de ellas es que Estados Unidos y el Reino Unido deben identificarse hoy –a veces simbólicamente, pero más a menudo de forma harto literal—  con los “restos” dispersos del antiguo Israel. Se cree que el judaísmo moderno procede de la tribu bíblica de Judá, pero a los descendientes de las otras tribus se les considera como los protestantes blancos y angloparlantes de Gran Bretaña y EE.UU. de América, y sus parientes del extranjero, en lugares tales como Sudáfrica. Estos son los nuevos “elegidos”, el nuevo “pueblo elegido”.

 

La segunda premisa que subyace en el fundamentalismo moderno es que la profecía bíblica es de importancia cardinal. Una y otra vez se citan determinadas obras, en especial el Libro del Apocalipsis (que data de finales del siglo I o principios del II d. de C.). Se cree que estas obras fueron redactadas en gran parte para predecir acontecimientos del mundo moderno: acontecimientos que estaban “programados” para ocurrir en nuestro propio tiempo. A pesar de los numerosos errores documentados que cometieron los profetas del Antiguo Testamento en relación con su propia época, se le tiene por infalibles cuando hacen pronósticos sobre la nuestra. Incluso, las terribles censuras que se lanzaban unos a otros, se sacan del contexto histórico original y se las considera aplicables a nuestro tiempo.

 

Y pese a ello, por lo menos merece la pena recordar algo del contexto histórico que los fundamentalistas desdeñan tan alegremente. La antigua Israel, después de todo, era una entidad política deslavazada, mal definida y frecuentemente ingobernable, más pequeña que el condado de Yorkshire o el estado de Nueva Yersey, y con una fracción escasa de la población de los dos lugares. Ocupaba un fragmento insignificante de lo que incluso entonces era el mundo conocido. Y, a pesar de ello, las crónicas de las rencillas internas se toman como guía infalible para las postrimerías del siglo XX, virtualmente en todas las esferas, desde la conducta personal hasta las relaciones exteriores.

 

Viene a ser como si la visión del futuro expuesta por un miembro de un ayuntamiento de Yorkshire o de la legislatura de Nueva Yersey en 1986 tuviera que utilizarse, literalmente, como medio de explicar la fricción entre, pongamos por caso, Canadá y China, o incluso entre colonias terráqueas en el espacio, en el siglo L o LX.”[17]

 

Demás está decir que frente a estas investigaciones y estudios de lo que ha dado en llamarse el judaísmo, me surgen cientos de preguntas con respecto a la veracidad de sus narrativas, tanto de la Torah como del Tanaj, y de sus otros libros supuestamente “sagrados” y que se han impuesto en el mundo occidental como textos “revelados” de una deidad militarista y genocida, cuyas tendencias a las violencias desenfrenadas y órdenes de exterminar a las poblaciones nativas, han sido poco difundidas en Occidente, donde, al igual que en el actual Estado de Israel, cuando se encuentran textos que invalidan la supuesta sacralidad del Tanaj, transmutado en un inventado Antiguo Testamento, son ignorados y/o excluidos con acusaciones falsas y anacrónicas.

 

El caso paradigmático es el libro del autor indio, R. S. Sugirtharajah, La Biblia y el imperio, exploraciones poscoloniales, en el que tiene un capítulo dedicado a analizar la influencia del Antiguo Testamento en las conquistas de Asia, y lo incluye con el título de “El Antiguo Testamento como arma de destrucción masiva”. [18]

 

Título, como imaginarán los lectores, impensable en el mundo occidental.

 

Con este marco histórico de fondo, vuelvo sobre el título de este artículo y trataré de explicar por qué todas esas reuniones que se vienen realizando desde hace años, la mayoría de las mismas analizadas y criticadas por muchos autores, tanto palestinos como israelíes, entre los que señalaré a dos de los más conocidos: Edward W. Said e Ilan Pappe.

 

Como sus argumentaciones son muy conocidas no me detendré en ellas, sino que intentaré, frente a dos admirables y admirados pensadores, y con toda humildad, agregar algo que nunca fuera mencionado por ninguno de los críticos de esas interminables conversaciones patrocinadas por el imperio y controladas por los interlocutores estadounidenses e israelíes.

 

Partiendo del supuesto que muchos artículos publicados en rebelion.org, han demostrado la falsedad de adjudicarle a las Naciones Unidas y su famosa Resolución 181/47, una mera recomendación,  la implantación del Estado de Israel, así como a la también famosa y publicada miles de veces, Declaración Balfour, del 2 de noviembre de 1917, que no fue más que un mero deseo de su majestad británica, con su “vería con agrado”, las comparaciones del sionismo con el fascismo y el nazismo, las profundas vinculaciones y acuerdos de los dirigentes sionistas tanto con el régimen  nazi como con el fascista, y los múltiples ensayos de crítica del Estado terrorista de Israel, quiero detenerme en un hecho aún no señalado, o al menos yo no lo he visto, y es el siguiente.

 

Pero antes no quiero dejar de nombrar a unos pocos pensadores, pidiendo disculpas a los muchos que dejaré sin mencionar, que se han ocupado cuidadosamente, en las páginas de rebelion.org, de señalar todas las falencias y mentiras tanto de los representantes estadounidenses como de los israelíes, como por ejemplo Jeremy R. Hammond, Elias Akleh, Lev Grinberg, Joseph Massad, Miguel Ibarlucía y Luis Sabini, y, por supuesto, muchos otros.

 

Y voy al argumento que señalé. Cuando Ben Gurion y su camarilla de invasores terroristas devenidos en el gobierno del implantado Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, solicitan a las grandes potencias del momento, Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el reconocimiento de ese Estado que ellos mismos querían implantar, recibieron de esas potencias el beneplácito casi inmediato. Y luego la historia conocida.

 

Y la pregunta que yo me formulo hoy, ante tanta hipocresía de los gobiernos que hoy son continuadores en esas dos potencias, Estados Unidos de América y la hoy devenida Federación Rusa, más conocida como Rusia, ¿por qué le exigen al pueblo palestino, el auténtico habitante, lo que no le exigieron a los terroristas europeos, en su mayoría jázaros conversos?

Mi pregunta desnuda la hipocresía de los gobernantes, que quieren pasar por benefactores del pueblo palestino, habilitando el diálogo entre los dos pueblos, el israelí y el palestino.

 

¿Por qué a los terroristas dirigidos por Ben Gurion y su camarilla de asesinos, con las excepciones que mencioné en otros artículos, no le exigieron que primero debían dialogar y ponerse de acuerdo con los auténticos habitantes de Palestina, para que una vez llegados a ese acuerdo se le reconocería el nuevo Estado que solicitaban?

No. Hubo un reconocimiento casi inmediato.

 

Y, reitero, ¿por qué ahora le exigen a los auténticos habitantes, a los palestinos, que dialoguen con los seguidores fascistas de los terroristas que implantaron ese Estado, y se pongan de acuerdo, porque si no, no le reconocerán su Estado?

 

Y, de vez en cuando, le otorgan a esa nueva entidad llamada Autoridad Nacional Palestina, como migajas, algún título honorario para poder continuar con la farsa contando con la complicidad de los autonominados gobernantes títeres de esa Autoridad.

 

Sabiendo todos, como lo sabemos nosotros desde la Argentina, que nunca lo lograrán, porque de un lado están mercenarios como Avigdor Lieberman, recién llegado a Palestina, y del otro un gobierno de títeres elegidos por los funcionarios de EE.UU. de América y del Estado de Israel, como es el caso de Mahmud Abbas,[19] que actualmente, sin ser presidente electo, su mandato terminó hace tiempo, sigue asumiendo el rol que le impusieron oportunamente, para lo cual lograron deshacerse de Yasser Arafat, a quien, como a Arik Sharon, eliminaron de la escena internacional, una vez que cumplieron sus cometidos.

 

Como no tengo ninguna duda con respecto a mi pregunta, lo que debiéramos hacer, quienes tratamos desde otras latitudes de ayudar a resolver el conflicto es insistir, remachar, reiterar, preguntas como esta para que, al desenmascarar la hipocresía no sólo de los israelíes y ese grupúsculo de palestinos de la ANP, sino también de los gobiernos de las dos grandes potencias, estos deban, de ahora en más, intentar seriamente resolver el conflicto. Y no seguir con esta farsa, porque ya ha sido desenmascarada.

 

Y ¿por qué digo esto?

 

Porque como en 1948, sólo bastaría que los gobiernos de EE.UU. de América y el de la Federación Rusa, reconocieran el Estado Palestino, con las fronteras establecidas en la Resolución 181/47, como lo hicieron con Ben Gurion, para que el Estado Palestino tenga realidad política y el Estado de Israel vuelva a las fronteras establecidas en esa Resolución,  y todo estaría terminado.

 

El Consejo de Seguridad tiene, formal y legalmente, la autoridad y la posibilidad de obligar al Estado de Israel a cumplir todas las resoluciones emanadas de la Asamblea General y del mismo Consejo, y retrotraer las fronteras de ambos Estados a las originariamente recomendadas.

La farsa estaría terminada. Y se acabarían las falaces argumentaciones de ambos lados y las de las autoridades de EE.UU. de América y de la Federación Rusa y las de los políticos europeos y las de todos los políticos de todos los países del mundo.  

 

Además, terminarían también, muy especialmente, las manifestaciones de los dirigentes sionistas de todo el mundo y, en particular, las de los del Estado de Israel, que son una letanía interminable de victimización y recurrencia a sus muertos, exterminados en la segunda guerra mundial, como si no hubiera habido más muertes que las de los europeos judíos.

 

No me cansaré de decir que en la segunda guerra mundial murieron 70 millones de seres humanos, 54 millones de civiles y 16 millones de militares, y no podemos seguir recordando solamente a los 5 millones 100 mil judíos que murieron durante el período que duró la guerra. [20]

Y es importante para todos los que asumen el papel de victimas –porque, en su abrumadora mayoría, sino la totalidad, nada tuvieron que ver ni padecieron en la guerra, ni sufrieron persecución alguna--, y que nos acusan a quienes no estamos dispuestos a seguir la farsa, recordarles lo que piensa un rabino judío, al que hace mención André Schwarz-Bart, y que nos lo recuerda  Tzvetan Todorov:

 

“Afirmar la propia identidad es, para todos y cada uno, legítimo. No debemos ruborizarnos si preferimos los nuestros a los desconocidos. Si vuestra madre o vuestro hijo fueron víctimas de la violencia, esos recuerdos os harán sufrir más que la muerte de gente desconocida, y procuraréis con ahínco mantener viva su memoria.

Hay sin embargo mayor dignidad y mérito cuando se pasa de la propia desgracia o la de los íntimos, a la desgracia de los demás.

Le preguntaban a ese notable escritor que es André Schwarz-Bart por qué se había vuelto, tras El último de los justos, libro que cuenta el genocidio de los judíos, hacia el mundo de los esclavos negros:

“Un gran rabino a quien le preguntaron: ‘La cigüeña en judío (sic) fue llamada Hassida (afectuosa) porque amaba a los suyos, y sin embargo se la coloca en la categoría de las aves impuras. ¿Por qué?’, respondió: ‘Porque sólo dispensa su amor a los suyos’ ” [21]

 

Y para terminar me gustaría, como es costumbre, encontrar en las palabras dignificadoras y esperanzadoras de Edward W. Said, quien seguramente conoció a Ali Abu Shahin, y por ello quiero recordar a ambos y cerrar esta nota con sus palabras:

 

“Todos pertenecemos a esta tierra y necesitamos vivir juntos. Ningún Estado árabe, ningún Estado judío. El judaísmo es una religión, y yo estoy hablando de un Estado secular para todos sus ciudadanos. Ésa es la única manera de vivir aquí. Ser judío, musulmán o cristiano o ateo, esa es una elección personal, no es cuestión mía dictarla ni que me la dicten. No quiero un sacerdote, o un rabino o un shaij que gobierne mi vida. Nosotros pertenecemos a esta tierra y necesitamos vivir aquí como iguales.”[22]

 

Con estas palabras Ali Abu Shahin, comandante palestino, se presentaba a Miko Peled, quien nos los recupera en su libro El hijo del general.[23] Y este anciano, luego de ser encarcelado y torturado, a quien el Tzahal, le había exterminado a toda su familia, y aún así, sintió afinidad con el alma del padre de Miko, Matti Peled, y le dice esta conmovedora frase que debieran aprender todos los que piensan, hablan y escriben sobre el drama que vive el pueblo palestino, sometido a la violencia y terror de un Estado totalitario y al cual, acompañando a personalidades como ellos, debiéramos ayudar a que se convierta en un Estado democrático y laico, donde puedan convivir, como lo anhelan tanto palestinos como israelíes dignos, nacidos en esa tierra, tal como lo indica Ali Abu Shahin.

 

Y que mejor que el gran palestino que fue Edward W. Said, para dignificar y esclarecer aún más esperanzadoramente el sentido de lo que Abu Shahin le dijo a Miko Peled, y que Edward supo darle significación histórica y política, con su estilo inigualable, el 27 de mayo de1997, en el  Christian Science Monitor, cien años después de aquella, tristemente célebre frase de Teodoro Herzl, y que dice así:

 

“Toda la idea de tratar de crear dos Estados no tiene sentido.
El proceso de paz de Oslo se ha convertido en un andrajo… Las vidas de los israelíes y los palestinos están desesperadamente entrelazadas. No hay modo de separarlas. Ustedes pueden tener una fantasía y negar, o poner al pueblo en guetos.
Pero en realidad hay una historia común. Entonces nosotros tenemos que encontrar el modo de vivir juntos. Puede que tome cincuenta años. Pero… la experiencia israelí irá gradualmente volviéndose hacia el mundo en el que realmente viven, el Mundo Árabe Islámico. Y eso sólo puede hacerse a través de los palestinos.”
 
“Puede que tome cincuenta años”, nos dice Edward Said. Quizá si todos colaboramos en ello, se cumpla, aunque muchos de nosotros ya no estaremos en este pequeño Planeta Tierra, nuestra única madre patria.
 
Pero, sí, que todos los nacidos en esa tierra Palestina, judíos, cristianos y musulmanes o ateos, como dice Abu Shahin, convivan fraternalmente y dejen de lado las absurdas frases de “tierra prometida” y “pueblo elegido”, porque son solamente mentiras inventadas, porque lo único verdadero es el amor que se le dispensa a la tierra en que se ha nacido.
 
La tierra en que se ha nacido no le pertenece a nadie sino que uno pertenece a la tierra en que ha nacido.
 
El Planeta Tierra es nuestra única patria. Pero para morir por ella, no para matar por ella. Porque no es nuestra, no es de ninguno en particular, sino de todos los que la habitaron, la habitan y la habitarán.
 
Tal como lo demostraron tantos autores, judíos en su mayoría, hemos tomado como hechos históricos los que fueron acontecimientos inventados así como los inventados personajes que los produjeron,  Jhwh es un personaje de ficción, como lo fue el inventado Moisés, el inventado Éxodo de Egipto, y el inventado templo de Salomón, y la inventada monarquía unificada, y la mayoría de los textos del Tanaj.[24]
 

Y hay que deshonrar las guerras. Porque, y no me cansaré de repetirlo una y mil veces, toda guerra es inmoral, injusta e inútil.

 

También, y no debemos olvidarlo nunca: sólo la verdad nos hará libres. Y por ello no debemos cejar nunca en nuestro empeño de encontrarla.

 

¿Podrán comprender estas simples verdades los gobernantes estadounidenses, rusos e israelíes, y dejar entonces de pretender que la inventada Autoridad Nacional Palestina, con Abu Mazen como inventado presidente, acepte la existencia de un inventado “pueblo judío” en un inventado “Estado judío”, y terminar con la farsa de un diálogo que no es tal, sino la imposición de un “fait accompli” con el cual quieren consumar el proyecto imperial iniciado por el imperio británico en 1907?

 

 



[1] Jean-Jacques Rousseau. Discurso sobre las ciencias y las artes. Losada. Buenos Aires. 2005, p. 11.

[2] Citado en Allan Brownfeld. “Anti-Semitism: Its Changing Meaning”. Journal of Palestine Studies, Vol. XVI, Nº 3, Spring 1987, p. 66. Tomado del Times, December 1982, New York, USA.

[3] Shlomo Sand. Comment j’ai cessé d’être juif. Flammarion, Paris, 2013, p. 134.

[4] Israel Finkelstein y Neil A. Silberman. La Biblia desenterrada. Una nueva visión  arqueológcia del antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados. Siglo XXI. Madrid. 2007.

[5] Richard Elliott Friedman. ¿Quièn escribió la Biblia? Ediciones Martínez Roca. Barcelona, 1989. p. 17.

 

[6] Dahood, M. “Hebrew-Ugaritic Lexicography I”, Biblica.  Vol.: 44. Nro.: 3. 1963.

[7] Adolf von Harnack. Marcion, The Gospel of the Alien God. The Labyrinth Press. Durham, 1990; R. Joseph Hoffmann. Marcion: On the Restitution of Christianity. Scholar Press. California.1984. Elaine Pagels. Los evangelios gnósticos. Grijalbo, Barcelona, 1982; Antonio Piñeiro, José Montserrat Torrens, Francisco García Bazán. Textos Gnósticos. (tomos I, II y III), Trotta, Madrid, 1997-2000; Francisco G. Bazán. La gnosis eterna. Antología de textos gnósticos griegos, latinos y coptos. (tomos I y II), Trotta, Madrid, 2003-2009;  Hans Jonas. La religión gnóstica. El mensaje del Dios Extraño y los comienzos del cristianismo. Ediciones Siruela, Madrid, 2000; Pheme Perkins.Gnosticism and the New Testament. Fortress Press, Mineapolis, 1983; Karen L. King. What Is Gnosticism? Harvard University Press, London, 2003; Hanry Corbin. La paradoja del monoteísmo. Losada, Buenos Aires, 2003;  Alain Daniélou. El shivaísmo y la tradición primordial. Kairós, Barcelona, 2006.

[8] Kamal Salibi. Secrets of the Bible People. Saqi Books. London. 1988. Especialmente capítulos 4 y 5.

[9] Walter Burkert. Religión griega, arcaica y clásica. ABADA Editores. Madrid. 2007. pp.  171-178; Richard Dawkins. El espejismo de Dios. Espasa Calpe, Madrid, 2008.

[10] Alain Daniélou. El shivaísmo y la tradición primordial. Kairós, Barcelona, 2006, ver “El error monoteísta”, pp. 43-44. Roger Haight. Jesús. Símbolo de Dios. Editorial Trotta. Madrid. 2007. Especialmente el capítulo 14: Jesús y las religiones del mundo.  

[11] Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Planeta. Buenos Aires, 2007.

[12] Jacob Neusner. Un rabino habla con Jesús. El libro con el que Benedicto XVI dialoga en Jesús de Nazaret.  Ediciones Encuentro. Madrid. 2008. La edición en inglés es del año 2000.

[13] Jacob Neusner, Jews and Christians. The Myth of a Common Tradition. SCM Press. London. 1991 p. x. “While these days Christians and Judaists undertake religious dialogue, there is not now and there never has been a dialogue between the religions, Judaism and Christianity. The conception of a Judeo-Christian tradition that Judaism and Christianity share is simply a myth in the bad old sense: a lie.”

[14] Geza Vermes. Jesús el judío. Muchnik Editores S. A.  Barcelona, 1994, pp. 61-62.

[15] Shlomo Sand. La invención del pueblo judío. Akal. Madrid, 2011, pp. 28-29.

[16] Shlomo Sand. The Invention of the Land of Israel, from Holy Land to Homeland. Verso, 2012. p. 12.

[17] Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln. El legado mesiánico.  Martinez Roca. Barcelona. 1987. pp.  205-206.

[18] R. S. Sugirtharajah, La Biblia y el imperio, exploraciones poscoloniales, Ediciones AKAL, Madrid. 2008, pp. 94-103. Y también son recomendables las lecturas del padre Michael Prior, La Biblia y el colonialismo. Una crítica moral. Editorial Canaán, Buenos Aires, 2004; Nur Masalha, La Biblia y el sionismo. Invención de un tradición y discurso poscolonial. Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2008, y Saad Chedid y Nur Masalha, La Biblia leída con los ojos de los cananeos. Editorial Canaán, Buenos Aires, 2010.

[19] Ver mi ensayo “La Autoridad Nacional Palestina y sus vínculos con el fascismo sionista”. Publicado en rebelion.org el 01-02-2012.

[21] Tzvetan Todorov. Memoria del mal, tentación del bien. Ediciones Península. Barcelona, p. 209.

[22] Miko Peled. El hijo del general. Editorial Canaán, Buenos Aires,  2013, pp. 308-309.

[23] Ver mi artículo publicado en rebelion.org con el título de “Matti Peled, Abu Salaam, Palestino judío”, el día 11 de diciembre de 2013.

[24] Israel Finkelstein y Neil A. Silberman. La Biblia desenterrada. Una nueva visión  arqueológcia del antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados. Siglo XXI. Madrid. 2007.  Shlomo Sand. La invención del pueblo judío. Akal. Madrid, 2011. Idem. The Invention of the Land of Israel, from Holy Land to Homeland. Verso, 2012. Nur Masalha, La Biblia y el sionismo. Invención de un tradición y discurso poscolonial. Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2008